vampiros del XIX

Imagen de Vampyr de Carl T. Dreyer, inspirada en el relato de Le Fanu

A lo largo del siglo diecinueve y hasta bien entrado el siglo veinte, dos enfermedades conquistaban no sólo los cuerpos sino la imaginación de las gentes: la sífilis y la clorosis. Ambas se alojan en la sangre y son males de románticos y damas en pena, cortesanas y poetas, condes y damiselas.

La clorosis era típica de las jóvenes aristócratas y burguesas que transitan la pubertad. Como todas las consideradas “enfermedades de mujeres”, se cree que tiene su origen en el despertar del deseo sexual, ya que se inicia con la aparición de la regla, por lo que la única cura es el matrimonio. Mientras tanto, las muchachas han de ser vigiladas en su sufrimiento.

La mujer era entonces un ser frágil, casi una muñeca de porcelana: pálida, lánguida, débil. Eso o una campesina. El irlandés Sheridan Le Fanu la describe con maestría en las páginas de Carmilla, novela de 1872 con la que se inauguran los relatos modernos de vampiros. En ella, la joven y dulce Laura ve perturbada su aburrida vida en el castillo gracias a la irrupción de la bella y seductora Carmilla, una mujer que encarna todos los peligros propios de lo que más tarde se conocerá como femme fatale. Desde la llegada de Carmilla al castillo, Laura conoce la fragilidad y la languidez, enamorándose de ese ser etéreo y esquivo que no es más que una malvada reencarnación del pecado. Pero veamos cómo se siente Laura en los inicios de su nueva amistad:

“Había pasado tres semanas desde el comienzo de ese estado inexplicable. Durante la última semana, mis sufrimientos se habían reflejado en mi aspecto. Me había puesto pálida, tenía los ojos dilatados y oscurecidos por debajo, y la languidez que había sentido durante todo ese tiempo empezó a mostrarse en mi semblante.

(…) No me dolía nada, no podía lamentarme de ningún desorden corporal. Mi mal parecía afectar a la imaginación, o a los nervios, y, aún siendo horribles mis sufrimientos, los mantuve en profundo secreto, con una reserva morbosa.”

Es sabido que el irlandés se inspiró en la historia, o quizás la leyenda, de la condesa Elisabeth Bathory, poderosa aristócrata transilvana acusada por sus enemigos de asesinar a cientos de jóvenes para chupar su sangre y conservar así su juventud.

El mito del vampiro, nacido en tiempos remotos, se nutre en el XIX del romanticismo de la palidez anémica y del terror por las transmisiones venéreas, contaminando las nuevas costumbres morales. La sangre se transforma en un fluido que cura y mata, determina la herencia y la nobleza, conlleva en sus misterios patologías familiares transmitidas de 

generación en generación provocando la degeneración de la especie.

En la edición del periódico Crónica de Cataluña, del 28 de setiembre de 1882, dice un tal “distinguido médico, el doctor Gelabert”:

“Administrar sangre á los anémicos equivale, pues, á darles hierro, bajo la forma de una sal que es realmente la más indicada y la más propicia para los fines de la absorción; pero, á decir verdad, habida razón de la aversión natural que inspira la ingestión de la sangre recien extraída del buey, y supuesto el sabor agradable de gran número de preparados de hierro que hoy día posea la terapéutica, yo optaría por estos últimos, sin renunciar por esto, en casos confirmados de aglobulia, al empleo de la sangre de buey, bien que en forma de carnes, y sobre todo, de su jugo y de su extracto, que creo de grandísima utilidad. Esta es mi opinión respecto de las tan decantadas curas de sangre.”

Hubo que esperar hasta el surgimiento de las píldoras Pink (concentrado de hierro) a principios del siglo XX para higienizar la costumbre de beber sangre. Hasta entonces, y seguramente mucho tiempo después, las señoras acudían a los mercados en busca de sangre de vaca y cerdo con que alimentar sus desgastadas venas. Mientras tanto, en las calles de Gijón, Manuel Palacio, el “Manín de la carne cruda”, trajinaba las calles espantando críos y destripando gatos, manjares que no se molestaba en cocer. Y  los vampiros encarnaron desde entonces y hasta hoy la perversa figura que destruye árboles genealógicos y la ansiada pureza de la sangre.

This entry was written by helenatorres and published on November 24, 2011 at 1:28 pm. It’s filed under Uncategorized. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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