hallazgos fortuitos

me paso las horas intentando imitar el lenguaje de la España de finales del XIX. Buceando en la hemeroteca del periódico La Vanguardia, encuentro joyas como esta:

El colmo de la avaricia

La Vanguardia,  12 marzo 1887

En los primeros días del año y cuando los fríos eran más crudos, fueron en- contrados en Filadelfia en una casucha de una calle extraviada, los cadáveres de dos pobres viejos, muertos, alparecer, de inanición y helados. Uno de ellos era el propietario de la casa: llamábase José Perry. Antes fueagente de negocios y después se retiró poco á poco de la sociedad, alejándose de sus amigos y viviendo como un misántropo por espacio de cuarenta años. Elotro era un obrero de la misma edad próximamente, y de origen desconocido: llamábase Price.Los dos viejos estuvieron dos días sin salir de casa: inquietáronse los vecinos. Acudió la policía, y al echar abajo la puerta, se encontró los cadáveres dePerry y de Price, cada cual vestido con un pantalón y una camisa. Sobre una mesa sa veían dos botellas de whisky vacías: en la habitación no había ni trazas de fuego, pero en la cueva se encontraron más de veinte quintales de carbón de piedra. Toda la casa ofrecía un golpe de vista repugnante.Hecha la autopsia de los cadáveres se averiguó que los dos viejos habían muerto de inanición y de frío.Al día siguiente y al hacerse el juez cargo de aquella vivienda miserable y nauseabunda en donde la cama estaba llena de parásitos, el suelo de inmundi-cia y las paredes de vestigios asquerosos, vio con sorpresa unas cuantas monedas de plata en un rincón. Entre los jergones y las almohadas se encontraronprimero 900 duros en oro, y después hasta 2,150. Siguieron las investigaciones y en los agujeros de los muros, y ocultos en pucheros, y debajo de los ladrillos,se fueron descubriendo nuevos tesoros hasta reunir la cuantiosa suma de 94,715 duros. Los dos viejos habían vivido durante más de veinte años en medio de estasriquezas y de esta miseria. Perry, el dueño de la casa, no salía casi nunca á la calle: Price iba á ganar el sustento de ambos. El jornal se invertía en unoscuantos mendrugos de pan y en aguardiente. Se emborrachaban con frecuencia, produciendo fuertes altercados que algunas veces degeneraban en riñas, durante las cuales se propinaban los dos amigos sendos estacazos.Una vez recibió Perry un hachazo tan tremendo en la cabeza, que en poco estuvo que perdiera la vida; pero no dio parte á la autoridad por el temor, sinduda, de que al penetrar en aquella vivienda descubriese el género de vida que allí se hacía, y lo que es más grave aún, los tesoros escondidos.Los dos viejos se querían, sin embargo, como hermanos. Cuando los vapores del alcohol no invadían sus venerables cabezas, vivían en paz envidiable.Así han pasado veinte años de su existencia estos dos extraños seres, de quienes no se puede decir si eran ricos, ó pobres, ó avaros, ó pródigos, ó borrachos, ó camorristas, ó cariñosos, hasta que los mató el hambre y el frío en una casa en donde abundaba el combustible, y en donde no había grieta que no estuviese repleta de oro.

This entry was written by helenatorres and published on November 18, 2011 at 6:46 pm. It’s filed under Uncategorized. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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