cómo empezó

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Me llamo Margarita Simona. Escribo estas notas desde mi refugio en el campo, donde hace años vivo alejada de todo lo que fue mi mundo un día.

Antes de retirarme, disfrutaba de conocer costumbres antiguas. En aquella época, pasaba horas en archivos y hemerotecas buscando tesoros que hubieran pasado desapercibidos a la avidez de quienes escriben la Historia, deseando algún diamante en bruto que viniera a dar sentido a mis pesquisas y también, a qué ocultarlo ahora, a mi vida.

Era joven, y aún en esa imprudencia sabía que en el pasado están las claves del presente. Desentrañarlas era mi obsesión.

Los personajes que más me interesaban eran quienes habían recibido roles secundarios en el gran relato histórico, los “extras”, como les llamaba entonces; personas expulsadas de la historia, acalladas, sus figuras desdibujadas; no para anular los hechos y sus efectos, ya que no puede ser esta tarea humana, sino para borrar su autoría. Sin héroes ni heroínas, sin mitos ni leyendas, sin representaciones ni iconos, sin experiencias encarnadas, la afirmación de que la historia es una secuencia temporal con sentido lógico no se ve perturbada por acontecimientos molestos, que poco tardan en caer al fango del olvido. Cuando daba con alguno de estos personajes, rastreaba sus pasos por el mundo de manera obsesiva, buscando claves, indicios, secretos.

Habiéndome la biología asignado el sexo mujer, me interesaban mucho las vidas de quienes hicieron evidente el lugar subordinado de las hembras a lo largo de los siglos y dedicaron todos sus esfuerzos a crear territorios más justos, pensaba entonces; más amables, diría ahora. Por este camino llegué a una mujer llamada Rosario de Acuña, enterrada en este cementerio en 1923.

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Rosario de Acuña nació en Madrid a mediados del siglo diecinueve en una familia aristocrática. Conoció el desierto de la ceguera cuando era muy joven, y en su vejez, la sordidez de la lluvia de piedras con que lapidaban su chocita de El Cervigón, donde había construido un refugio para descansar del mundo y de sus gentes. En la “Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la guerra”, Rosario de Acuña escribe:

“Me hice una casita sobre el acantilado de la costa astur. En esta tierra me parece que la raíz excelsa de nuestra raza se conserva menos podrecida por las malezas del acarrero; en las escondidas aldeas de estas montañas es donde aún podía agarrar, con brío, el injerto de las futuras civilizaciones. Tengo la esperanza de morir en este lugar, frente al solemne mar, bajo el amplio cielo siempre sonriente de nuestra patria; mas no sé si podré realizar este postrer anhelo”

Morir en Gijón es uno de los pocos sueños cumplidos de la poeta, dramaturga, escaladora y avicultora Rosario de Acuña. Su obra de teatro El Padre Juan, estrenada en 1891 en Madrid ante una audiencia escandalizada, versaba sobre un hombre y una mujer que deciden casarse sólo por lo civil, y las sucias estratagemas del párroco de su pueblo para evitarlo. Le valió el exilio, de su tierra y de su clase.

Rosario de Acuña fue la primera mujer que leyó sus poemas en el Ateneo de Madrid, la primera en escalar las cumbres de los Picos de Europa, la primera en defender su anti-clericalismo desde una tribuna, y una de las pocas de su clase que se atrevió a amancebarse con el hombre con el que vivió hasta el final de sus días. Fue tan amada como odiada, considera una vanguardista, una harpía, una bruja, una trapera de inmundicias. Para mí, una abridora de puertas, una figura imprescindible en los pliegues del siglo.

Rosario de Acuña fue una de las voces más enérgicas contra el control absoluto de la educación, la moral y las costumbres por parte de la religión católica, apostólica y romana, que se impuso como única religión oficial del Estado Español después del Concordato entre la reina Isabel II y el Papa Pío IX, firmado justo en la mitad del siglo.

Sobre la lucha por la imposición del poder religioso sobre el civil, Rosario escribió en 1911:

“En esta moderna inquisición que sufre la España actual, todos los tormentos se han transformado en tormentos morales… (indirectamente también los hay físicos, pues a los que no tienen independencia económica se procura quitarles el modo de ganarse la vida, y este es el tormento físico). Mas para los espirituales no hay cortapisa; dan la muerte moral, la civil, ya que no puedan la material, que, en ciertos casos, también la dan; pero sobre todo hay que dar el tormento continuo ¡continuo! Aplicado en todos los resquicios de la existencia, hasta convertirla en un infierno de sufrimientos…”

Sufrimientos que ella conoció bien. Francmasona, liberal, feminista, defensora de los derechos de la clase obrera, sufrió el anatema de su clase social, que la consideró una traidora digna de la lapidación.

Es fácil imaginar que mis ímpetus libertarios me llevaran a ver en esta mujer un personaje digno de lo que sería mi tesis doctoral. No tan fácil fue prever que esta investigación me llevaría a transitar caminos tan agrestes como los que abrió la admirable escritora. Pero esa es otra historia.

Os he traído hasta el Sucu para llevaros por otros senderos.

Mientras preparaba la tesis, el azar me abrió una puerta desconocida: un enigma acontecido en Gijón a finales del siglo XIX, el de la muerte del en su época afamado pintor simbolista Edgardo del Pozo, también francmasón, también liberal, también antieclesiástico, anticapitalista y luchador por las libertades. Los paralelos con Rosario de Acuña eran demasiado tentadores para abandonarlos, el tedio de escribir una tesis demasiado profundo como para no buscar otros alicientes. Recopilé toda la información que fui encontrando sobre el caso, primero por curiosidad, después por diversión, hasta que se transformó en una obsesión y, finalmente, en mi pasaje hasta estas tierras hostiles.

Mi tesis iba sobre los gérmenes del feminismo español, y el crimen de Edgardo del Pozo no tenía ingredientes suficientemente objetivos como para ser parte de la investigación, por lo que los archivaba en una carpeta llamada “después tesis”. Así fue como, al acabar el doctorado, me dediqué de lleno a investigar el misterio. El viaje fue largo y lleno de sorpresas. Me llevó a abandonar la Academia, a retirarme al campo y a cambiar mi concepción sobre la vida, la muerte, las luchas libertarias y las relaciones amorosas, pero esa también es otra historia.

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