Noticia de la muerte

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[voces noticias. noise:elpueblodechina.org/]

_agua florida para pañuelos “higiénica, necesaria y elegante, adaptándose especialmente al uso de todas aquellas personas de organización sensible y delicada y de gusto refinado”*
—Ha sido multada Josefa Oliveras, vecina de San Julián Ramis, gue pretendía vender hoy en el mercado un conejo enfermo.*
—El gobernador civil ha impuesto una multa de 200 pesetas al dueño de un café situado en la plaza de la Independencia por jugarse á los prohibidos.*
_Esta mañana se ha recibido la noticia, que ha sido tema de conversación general en todos los círculos de la ciudad y hasta en la capital, de la muerte del pintor Edgardo del Pozo, de 43 años, protegido del Conde de Goncourt. El conocido pintor fue hallado sobre el sillón de uno de los amplios salones de su posesión en Gijón. Muchas dudas rodean esta muerte. Hasta ahora, se desconoce si fue efecto de un suicidio o un asesinato, pero esto lo aclararán las pesquisas de la autoridad. Gemma Oldman, prometida del pintor, fue quien halló el cuerpo. Reconocido el cadáver, se le encontraron dos disparos en el pecho, por lo que se conoce que una de las balas iría mal dirigida, mientras que la otra le atravesó el corazón, muriendo instantáneamente. Los verdaderos motivos de la muerte de Edgardo del Pozo no son conocidos, pero su círculo de amistades no ha demostrado sorpresa, por lo que se especula que tan trágico fin era de alguna manera presentido. Sin embargo, no se halló en el salón en el que fue encontrado, ni en otra parte de la casa, ninguna manifestación escrita de propósitos suicidas; sólo un revolver en el suelo, una nota sobre el escritorio y un lienzo de estilo simbólico. Dícese que la nota llevaba el membrete del lujoso hotel Savoy de Londres, y decía en sustancia: “Ningún crimen és vulgar, pero toda vulgaridad és un crimen. La vulgaridad és la conducta de los otros”.
Según se decía en el lugar del suceso, tanto la nota como el cuadro no serían ajenos a los desvaríos a que puede llegar un alma perturbada en sus locos empeños, y algunos manifestaban, adornando los hechos con una pronunciada vis poética, o bien que Edgardo del Pozo se suicidó por sus costumbres sodomitas, o bien por despechos de amor. Pero quienes le conocían bien, y a juzgar por las declaraciones de su prometida, de quien se conoce que el pintor estaba profundamente enamorado, dicen que en ocasión alguna sea admisible la idea luctuosa del suicidio. Se han tomado ya declaraciones a Gemma Oldman y se busca al conde de Goncourt, ausente de la ciudad.
Lo que he oído decir es que son completamente inexactos muchos de los detalles que se dan del suceso, pues los vecinos atestiguan haber oído súbitamente tres disparos que les pusieron en alarma, siendo que la víctima sólo había recibido dos balazos. No falta quien cree, y cabe en lo posible, que alguien hubiera tomado venganza sobre el ilustre pintor, ya que, según el forense, el arma estaba demasiado lejos del cuerpo como para que hubiera caído de las manos de la víctima.
Son bien sabidas en Gijón sus opiniones sobre la beligerante disputa entre muselistas y apagadoristas que dividió a la ciudad en dos bandos: los primeros a favor de la construcción de un nuevo puerto comercial, los segundos a favor de la ampliación de los viejos muelles locales. No estando a favor de una parte ni de la otra, Edgardo del Pozo denunció desde las tertulias a las que era asiduo y con su afilada pluma en diarios asturianos, así como a toda alma que dio a bien escucharle, los intereses de cada una de las irreconciliables facciones, acusando a propietarios de terrenos de las dos partes de esta enconada disputa de preocuparse más por la devaluación de sus propiedades que por el futuro industrial y comercial de la ciudad.
La verdad del caso es por el momento tan contradictoria, tanto como los rumores acerca de las pasiones políticas, amorosas y morales que pueden haber dado margen al hecho de que me vengo ocupando, que no hay términos hábiles para desentrañarla.
Están también los que, resucitando espantosas supersticiones de la Edad Media, hablan de vampirismo. La creencia en estas supercherías tiene su explicación desde el momento en que la escena del crimen presenta interrogantes difíciles de resolver. Como que el cuerpo de del Pozo yacía inerme en un sofá, pero el arma homicida fue encontrada en medio de un charco de sangre ¡a cinco metros del cuerpo de la víctima! En el mismo charco de sangre había restos de cristales de una botella.
Las dudas del caso son poderosas si se medita que Edgardo del Pozo era considerado un ángel en su amplio círculo de relaciones, pero un demonio por sus detractores. El afamado pintor fue miembro de una logia masónica, habiendo adquirido el rango de maestro francmasón, siendo profundamente anticlerical, posición seguramente afianzada en sus numerosas visitas a las principales capitales europeas, Roma, París, y, recientemente, Londres, en donde se dice perteneció a una de las tantas asociaciones ocultistas secretas que florecen en la ciudad.
Se han hecho honores al difunto correspondientes a su categoría, lo que ha sorprendido a los que sostienen que se trata de un acto desesperado de suicidio, aduciendo que las ordenanzas militares lo tienen prohibido. Pero, como he mencionado, en ningún caso se puede afirmar aún esta posibilidad.
La prometida de Edgardo del Pozo, la señorita Gemma Oldman, ha recogido todos cuantos objetos podían hacerle guardar una memoria de su amado y del desgraciado fin que tuvo, y se ha recluido en una de las posesiones que la familia del pintor tiene en Gijón.
No damos por ahora más pormenores de este caso, por haber intervenido el señor juez, y estar el asunto sub-judice.

notas: * noticias extraídas de La Vanguardia, edición del 27 agosto 1911

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