La prometida

Edgardo del Pozo conoce a Gemma Oldman

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En 1893, Edgardo del Pozo conoce a Gemma Oldman en Gijón. Ella tiene sólo 17 años, pero el pintor se queda prendado de su valentía.

Gemma había crecido junto a María, su madre, una obrera textil catalana. María murió de tisis cuando la pequeña tenía sólo 6 años. Gemma fue entonces acogida por una aristocrática familia para la su madre había trabajado como criada hasta el nacimiento de la pequeña. Por esa proximidad que se vive en los pueblos, o quizás por un sentimiento de culpa, la familia de adopción crió a la pequeña Gemma Oldman como parte de su prole. Fue así como la pequeña recibió una educación propia de las clases altas. Pero esto no le hizo abandonar el espíritu de lucha heredado de su madre.
La muerte inesperada de su padre adoptivo lleva a Gemma lejos del hogar. En 1891, a los 15 años, se traslada a lo que entonces era el pueblo de Gracia, en las afueras de Barcelona. Allí conoce el movimiento obrerista y participa en las jornadas del 1 de mayo en las que grupos anarquistas reclaman la jornada laboral de ocho horas. Durante sus dos años en Gracia, Gemma Oldman participa en reuniones de anarquistas y comienza a defender los derechos de las mujeres ante audiencias cada vez más entusiastas, seducidas por la pasión que acompaña sus convicciones. La joven Oldman se quejaba de la educación diferenciada de las mujeres, orientada exclusivamente a lo que se consideraban “labores propias de su sexo”, tales como leves nociones de higiene doméstica y de mantenimiento del hogar y la familia. Valiéndose en su educación, comienza a organizar grupos de alfabetización para mujeres.

miting de Emma Goldman

En 1893, a los 17 años, Gemma Oldman viaja a Gijón a dar un discurso a un grupo de damas burguesas, ante la crítica de sus camaradas de lucha. En un aperitivo después del discurso, conoce al pintor Edgardo del Pozo. Por las cartas entre la joven Gemma y el ya maduro Edgardo supe del amor que se profesaron desde el inicio mismo de la relación. Imagino a un hombre maduro que ha recorrido mundo, que ha intimado con la élite intelectual y artística de la época, cansado de la política, de la decadencia, de la hipocresía; un artista obsesionado por la expresión simbólica del misterio universal; imagino a este hombre ante una mujer joven, con la pasión intacta, convencida de que es posible, en esos tiempos convulsos, hacer real la utopía de una sociedad justa y libre… imagino estos dos seres uno frente al otro, y no puedo evitar darle otro sentido a la historia.

Margarita Simone conoce a Hortensia

¡Feliz si allá en los siglos que vendrán, las mujeres, elevadas a “compañeras de los hombres racionalistas”, se acuerdan de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de “mitad humana” dispuestas á morir antes que á renunciar á la libertad”

Rosario de Acuña

Difícil olvidar aquella tarde en que llegaron a mis manos las cuatro cajas de zapatos que me dio la única compañera aún viva de Gemma Oldman. Se llamaba Hortensia y pasó sus últimos días en una residencia, donde tuve el placer de visitarla un mes antes de su muerte. Hubo muchas conversaciones con vecinas recelosas hasta encontrarla, pero cuando dí con ella obtuve el tesoro que me llevó, un año más tarde, no sólo a dar un sentido al crimen del pintor, sino a abandonar la academia y la vida urbana. Pero esta, como ya sabéis, es otra historia.
“Aquí hay muchas cosas que no entiendo, pero Gemma me pidió que o bien destruyera las cajas antes de morir, o se las diera a algún periodista, pero nadie a venido nunca a preguntarme nada, así que te las doy a ti, hija, porque te veo joven y valiente”. Tomamos café y, al cabo de una hora, regresé a casa impaciente. En un cuaderno de hojas gastadas guardo como un diamante las notas de aquella conversación que registré en mi recién estrenada grabadora, con pánico a que las pilas murieran antes de que Hortensia acabara de tejer el relato que me regaló.

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[localización: muro que bordea las fosas comunes por el Este. Voz: Hortensia, por Aananda Noguera. Noise: elpueblodechina.org]

“Conocí a Gemma Oldman allá por el 1900, en unas reuniones del Ateneo Obrero, aquí en Gijón. No llegaba a los 25 años, pero se le veía tan mayor, tan segura… Eso no lo veías mucho en las chicas de su edad, ¡que estaban más preocupadas por buscar marido o atender al que ya tenían, que por ninguna otra cosa! Gemma, en cambio, no volvió a prometerse con ningún hombre desde la muerte de su prometido, el pintor, que yo le llamaba. ¡Y mira que era guapa, la moza! Pero no apreciaba mucho la compañía de los hombres, sabes. No es que les tuviera manía, pero como que tenía la casa llena de mujeres, sabes, se decían cosas de ella, ya sabes. Pero ella nunca hablaba de sus sentimientos, era muy reservada.

Mira que éramos tan amigas, y yo muchas veces le estaba preguntando por el pintor. Al principio, cuando recién la conocí, yo pensaba que había sido una relación de conveniencia, porque decían que él iba con hombres. Las malas lenguas decían que Gemma había aguantado el escarnio público de esa relación sólo por el dinero, pero ella nunca decía una palabra en contra de él ni de la relación. ¡Pero si el pintor estaba arruinado! se mantenía gracias a los favores, sabes, del conde aquel. Pero ella estaba enamorada, tanto! Yo estoy segura que siempre le amó. Eran, como se decía cuando la revolución en rusia, camaradas; eso eran, camaradas…

A veces Gemma me hablaba algo del pintor; le gustaba enseñarme los pocos cuadros que conservaba aún en su habitación, que era tan bonita, sobre todo el cuadro aquel medio japonés, con el cisne muriéndose en el estanque. A ella le encantaba ese cuadro, se pasaba horas mirándole. La habitación de Gemma había sido el salón del palacio del pintor, el cuarto donde le hallaron muerto, que por cosas del destino había pasado a manos de Gemma, porque el pintor, querida, no tenía herederos. Ella había habilitado el salón como su habitación personal, y allí nos juntábamos por las tardes a hacer cuentas. Porque Gemma, hija mía, no sé si lo sabes, había transformado la mansión en una especie de refugio para mujeres sin hombres. Quiero decir, mujeres solas, otras con criaturas, o mujeres que vivían de lo que les daba cuerpo, a ver si me entiendes. También recibía viudas de los que caían en la guerra, obreras que habían renegado de sus patrones y no tenían qué llevarse a la boca, anarquistas y ¡todas las libertarias que encontraba por ahí! Eran tiempos muy duros… ahora también, pero antes eran más oscuros, querida, más fríos…

proletario asesinando burgueses en Paris. Privat Livemont , 1897

No tenía más familia que esas mujeres.. es verdad que entre todas creamos esa casa, pero no hubiéramos hecho nada sin ella. A veces la gente necesita un empujoncino, sabes, y ella era el nuestro. Impresionaba caminar por esa mansión que habían construido para pudientes y encontrarse, en una habitación, a un grupo de mujeres aprendiendo a leer y escribir y a hacer cuentas.. ¡era un placer pasear por el huerto, que antes había sido el jardín, de esos tan arreglados, donde la nobleza se sentaba a tomar el aperitivo! Allí mismo hicimos el huerto que nos daba casi de comer. De todo lo que podíamos cultivábamos, y así íbamos tirando, querida. Nos organizábamos entre nosotras para todo: cuidar los críos, cocinar, todo… era un sueño hecho realidad, pero como todos los sueños, duró lo que dura el dormir…

Federica Montseny

En el Ateneo la respetaban muchísimo, a Gemma. Cuando ella abría la boca, más de uno temblaba, hija, que yo lo vi. Cuando hablaba del amor libre, por ejemplo, imagínate, en aquella época, con esas ideas anarquistas sobre la libertad de la mujer. A los hombres les decía: “si vosotros queréis ser libres, con mucha más razón nosotras, que somos dos veces esclavas: de la sociedad y del hombre”*; y después iba y le decía a las mujeres: “esos que dicen ser anarquistas pero ven en la mujer una sierva, no son más que una mezcla de gallinas y cangrejos: siempre cacareando y tirando pa atrás. ¡No hay de qué tener miedo, mujeres!”. Esto lo decía porque en su casa escondía a más de una que había recibido más golpes del marido que del patrón. A veces los maridos iban a buscarlas; pero no pasaban del portal. Ella les mandaba a “regenerarse”; que decía.

Después de las comidas, muchas veces leíamos textos que Gemma se encargaba de recopilar de periódicos libertarios, feministas y anarquistas. Algunos venían de lejos, los traían sirvientas de familias indianas que volvían a Asturias. Aquí, en una de las cajas que te doy, hay algunos recortes. La mayoría están tan ajados y amarillos que no los podrás leer, pero todavía alguno se conserva. A ver, déjame ver un momento… sí, aquí está. Escucha esto, lo leyó una que había sido sirvienta de una familia aristócrata que había viajado a Argentina. Escucha esto, lo leyó una que había sido sirvienta de una familia aristócrata que había viajado a Argentina. Es un ejemplar del periódico La voz de la mujer,lanzado por un grupo de mujeres comunistas y anarquistas de Buenos Aires. Esto fue lo que nos leyó Teresa, que se llamaba la chica:

“Y tú, ¡oh infeliz doncella que yaces sumida en el tenebroso recinto del prostíbulo! Cesa de llorar y desesperarte, no invoques, no, no invoques ya más a ese Dios que no existe, y por lo tanto no te oye; tu Dios es la sociedad, y ésa te señala con el enguantado dedo. Sí, ¿la ves? ¡allí detrás de aquella joven y pálida niña, aquella que es casi tan hermosa cual tú lo eras! Pues bien, allí detrás están su padre y su hermano. ¡Sí, ya lo sé, pobre niña, el padre fue amo del tuyo y el hermano fue quien te compró por cuatro monedas! Sí, tu padre fue despedido, tu madre enferma y tus hermanitos agonizaban de hambre; sí, ya lo sé, no digas más… ¡ven también con nosotras, ven pobre niña, ven y seremos uno más! Levanta pues tu abatida frente, lejos de ti esas torpes preocupaciones que te anonadan, álzate y rompe tus cadenas. Enarbolemos el rojo pendón anarquista, y cual torrente asolador lancémonos al combate, al grito de: ¡Anarquía por doquier!

¡Cuántos recuerdos, hija! Los últimos años de su vida, Gemma estaba muy mal, ya sabes. La guerra le afectó muchísimo. A veces se le iba un poco la cabeza, y decía cosas extrañas. Pero a quién no, en esos tiempos. Más de una vez fueron las patrullas a su casa, en plena noche, a buscar a alguna de las mujeres para llevárselas, pero ella no les dejaba entrar. Imagínate, hija, al paredón se las llevaban. Ella se ponía en la puerta y la patrulla no pasaba, pero se quedaban esperando que alguna saliera de la casa para cogerla. Así se llevaron a Palmira, que salió a escondidas de la casa, por la noche, y la cogieron en la misma esquina. Decían que su marido era un rojo, pero eso de seguro no lo sabe nadie. No volvió más Palmira…

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[localización: fosas comunes. Noise: elpueblodechina.org. Arreglos: paulapin. Voces: jordi ball-lamora, Alejandro Talec, helen]

* La voz de la mujer, periódico libertario de mujeres, Buenos Aires, 1896.

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