el conde de Goncourt

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[localización: cementerio civil. Noise: elpueblodechina.org]

Soy el conde de Boncourt, bujarrón, hereje, uranista, invertido o sodomita, como prefiráis. Así era como nos llamaban a finales del siglo XIX, antes que la psiquiatría nos transformara en pervertidos, locos, y luego homosexuales; antes de que pasáramos de ser figuras del derecho civil y canónico a categorías psiquiátricas, cuando todavía éramos pecadores reincidentes y no enfermos mentales; cuando empezamos a ser encarcelados por grave indecencia. No es que los chiquillos nos arrojaran piedras por la calle al pasar, pero sí tuvimos que ver cómo la “Asociación de padres de familia” enviaba las fuerzas del orden a cerrar lo que llamaban “Casas de sodomía”. Algunos seguimos con nuestras costumbres, pero muchos comenzaron a mirarse en aquellos novedosos espejos de pie con ojos escrutadores. “¿Estoy loco?”, “¿Por qué me pasa esto a mí?”, “¿Será hereditario?”, estas fueron las preguntas con las que mi amante comenzó a torturar su alma y mi deseo. Mi amante, mi amor, Edgardo del Pozo.

I. R. Cruikshank

Lejos estoy de juzgarle. No es fácil pasar de ser amante a ser un criminal, de desear formar una familia a tener que esconderse detrás de una máscara de decencia. En Madrid había muchos personajes del arte y la política que no ocultaban sus instintos. Famosos eran los bailes de carnaval en Barcelona y Madrid y lo que llamaban sicalipsis en algunos espectáculos públicos, pero en una sociedad como la de Gijón, las relaciones entre hombres eran preludio de la sífilis y el escarnio público. Mirad sino lo que pasó en Galicia, cuando aquellas dos mujeres cometieron la osadía de casarse por lo civil ¡y por la iglesia! Elisa y Marcela se llamaban, ¿les recordáis? * Aquellas dos maestras que para casarse montaron el siguiente ardid: una de ellas hacía de mujer, y la otra de hombre. Engañaron a medio mundo hasta que les descubrieron y tuvieron que huir. A Argentina, se fueron. Claro que con las mujeres la sociedad era mucho más inflexible. Recuerdo que en las tertulias llamaban hermafroditas a las que reclamaban derechos iguales a los de los hombres y se las acusaba de agravar los males de la patria con su perversión.

Pero no fue por sus tormentos que le dejé. Ni tampoco es cierto que fui yo quien disparó el tiro de gracia. ¿Cómo iba a hacerlo? La prensa de la época tenía gran debilidad por montar escándalos públicos con las pequeñas miserias de las vidas privadas, que cuanto menos privadas, menos libres y más indignas se volvían. Por eso me fui.

Pero a Edgardo le mataron. Eso puedo asegurarlo. Aunque no puedo dejar de pensar que el suicidio es una de las formas del homicidio. De igual manera que no todo homicida es un asesino, no todo suicida es culpable de pecado mortal. Creo que en el suicidio, la muerte física del individuo es expresión de la muerte social que padece y, en el fondo, es expresión de su profundo deseo de vivir mediante un acto radical de protesta que reclama el reconocimiento social. Sabemos que hay muchas formas de matar. Y él era un personaje molesto, uno de esos que entran sonriendo al patíbulo. Esto es muy seductor, y terriblemente peligroso.

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* Narciso de Gabriel. Elisa y Marcela. Libros del silencio, Barcelona, marzo 2010

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