El Musel

La Vanguardia, 30 de agosto de 1893

[voz: Margarita Simone]

En 1893 aún resonaban los ecos de la disputa que dividió a Gijón en dos durante la segunda mitad del siglo diecinueve, en pleno auge de la industrialización. Solemos dar al progreso un sentido positivo y asumimos que ir hacia adelante es ir bien, pero bueno es recordar que no hay progreso sin barbarie ni avance sin destrucción. La historia cuenta que, a mediados del diecinueve, la cuenca minera asturiana andaba necesitada de un puerto desde donde exportar su cada vez más pujante producción de carbón. En 1854 se planteó la conveniencia de construir un nuevo puerto de refugio, El Musel. Entonces estalló un conflicto que atravesó la sociedad gijonense, acicateada por la prensa, y llevó la discusión a casinos, comercios, industrias, mesas de café, teatros y cenas familiares. En un bando se alinearon los defensores de la costosa construcción de un puerto nuevo, los “muselistas”, un nutrido grupo de empresarios mineros y propietarios de tierras del lado oeste de la ciudad que especulaban con la revalorización de sus predios. En el bando opuesto se agruparon los defensores de una ampliación del puerto ya existente, los llamados “apagadoristas”, navieros locales y propietarios de los terrenos del sector este de la ciudad con expectativas de revalorizar sus propiedades.

cromo del sport club apagadorista de Gijón, 1890

Numerosos documentos son testimonio de las disputas entre muselistas y apagadoristas. Pero no fueron tantas las voces que criticaron, no ya la conveniencia de uno u otro puerto, sino la lucha fraticida entre las familias propietarias de tierras por la revalorización de sus terrenos. Una de esas voces fue la del pintor Edgardo del Pozo.

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Del Pozo murió en 1895; de 1890 data el borrador de una carta que escribió a los periódicos de ambos bandos, “El Comercio”, ariete de apagadoristas, y “El Musel”, portavoz de muselistas. No me fue posible saber si llegó a publicarse, pero llegó a mis manos gracias al celo de Gemma, su prometida, que conservó en cuatro cajas de zapatos los manuscritos, poemas y cartas del pintor, y los entregó a su amiga Hortensia antes de morir. En aquella carta, del Pozo renegaba con acopio de adjetivos de la disputa portuaria y la señalaba como mera guerra entre intereses inmobiliarios:

“Apena el alma la guerra que mantiene en jaque a nuestra villa en aras de unos pretendidos beneficios que todavía a nadie queda claro sobre quién tendrán a bien caer. No entraré a discutir quién tiene la razón, pero sí tengo a bien denunciar, como ciudadano que soy de esta nuestra querida y malherida ciudad, el continuo acicate de la prensa que caldea aún más los ánimos de muselistas contra apagadoristas y de apagadoristas contra muselistas. Toda esta cizaña que corroe nuestra sociedad oculta en el fondo algo mucho más vil y despreciable, que no es otra cosa que los intereses de muchos por fomentar la especulación por el valor de sus tierras. ¿Qué importa que las familias obreras sin las que toda esta disputa carecería completamente de sentido no tengan para vivir más que habitaciones que no cumplen los mínimos preceptos de higiene? ¿Qué importa que el tan deseado progreso se asiente sobre la miseria de los desvalidos sin cuyos esfuerzos no habría industrialización ni comercio exterior? ¿Acaso es que hay alguien que denuncie esta guerra entre muselistas y apagadoristas que llama a nuestras puertas con doloridos gritos, paralizando los planes de vivienda obrera que deberían estar llevándose a cabo, y que harían más por el progreso beneficiando la salubridad que lo que consigue esta guerra de intereses mezquinos y avariciosos? ¿Y a esto llaman progreso?”

Al leer aquella carta me pregunté: ¿es posible que Edgardo del Pozo hubiera sido asesinado por la audacia de denunciar la voracidad de la burguesía, demostrando una traición de clase y un desprecio por las necesidades de la industrialización? ¿Representaba la actitud beligerante del pintor hacia la avaricia de su clase un enemigo tan importante como para incurrir en un asesinato? Bien se ha dicho que no hay traidor más peligroso que un converso…

Los Ensanches de Fomento y de San Lorenzo de Gijón, 1881 (Biblioteca Nacional)

Revisé con detenimiento el contenido de la caja. En la que contenía la carta mencionada, encontré, entre distintos fajos de papeles amarillentos, dos títulos de venta de dos solares: uno del lado oriental de la ciudad, y otro del lado occidental. ¿Había comprado el pintor esos terrenos con ánimos especulativos para luego venderlos según se resolviera el conflicto? ¿Cómo era posible que del Pozo, que vivía lujosamente sólo gracias a la generosidad del conde de Goncourt, hubiera sido capaz de comprar los solares? ¿Qué sentido tenía que alguien que había denunciado públicamente el carácter especulativo del conflicto entre muselistas y apagadoristas, actitud que le había llevado al ostracismo en sus últimos años, hubiera intentado beneficiarse económicamente de la disputa?

Releí los títulos: llevaban por fecha el 10 de junio de 1895, es decir, una semana exacta antes de la muerte del pintor. Anoté en mi libreta el valor de venta; envié un correo a un colega de la facultad, profesor de historia de la economía, consultándole sobre el valor de compra de esa cantidad de dinero a finales del diecinueve. A los dos días, recibí su respuesta: “haciendo un cálculo aproximado y no muy exacto, según los tasas de interés y los índices de inflación, con esa cantidad de dinero se podría haber comprado un pequeño solar de unos 100 m2”. Lo que me llevó a la extraña conclusión de que E. del P. vendió los dos solares al precio de uno una semana antes de aparecer muerto en su casa de Gijón. ¿Fue una decisión propia o actuó bajo alguna influencia? ¿Necesitaba el dinero o alguien necesitaba las tierras? ¿Es su firma la que certifica la venta o alguien se encargó de firmar por él? ¿Fueron el o los asesinos, a su casa el día de su muerte a obligarle a firmar la venta y, al negarse, decidieron acabar con él?
No dormí aquella noche. Demasiadas preguntas sin respuesta.

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