re-encantar el mundo

Los inicios de la industrialización fueron sangrientos, brutales, despiadados. La respuesta de la nueva clase obrera fue dispar, grandes grupos se organizaron contra la avaricia del capital y en defensa de sus derechos; muchas personas se abandonaron al alcoholismo, alivio circunstancial a la angustia por las duras condiciones de vida. Dicen Ariès y Duby, en Historia de la vida privada*:

“Embriagarse puede constituir un placer, pero este gesto revela mas más de las veces una dificultad de vivir. Resulta significativo que el siglo XIX haya visto nacer el alcoholismo e imponerse la figura del bebedor solitario.”

Gelis Didot and Malteste, 1894

Fue un período convulso: luchaban las mujeres por ser reconocidas como iguales a los hombres; luchaba la clase obrera por salarios que les dieran de comer; luchaban algunos miembros de la burguesía por la higienización de las ciudades; luchaban las facciones liberales y republicanas por una democracia parlamentaria; luchaba el poder civil por una educación laica; luchaba el poder eclesiástico por moldear las mentes aturdidas por el hambre.

sociedades obreras, Gijón,1900

Mientras la clase obrera se agrupaba en ateneos, gremios y sindicatos; figuras destacadas de la burguesía, miembros de la clase política, intelectuales y artistas formaban asociaciones de rituales secretos llamadas logias.

Las primeras logias nacieron en la Inglaterra de la Edad Media bajo la forma de gremios de constructores y albañiles, agrupados para defender sus intereses. En el siglo diecisiete se transformaron en un movimiento intelectual con vocación librepensadora, en oposición a la alianza entre los poderes monárquico y eclesiástico y como respuesta a la fiebre libertaria de algunos sectores de las clases altas. En España, la constitución de 1876 permitía este tipo de agrupaciones, pero la francmasonería, rama liberal de las logias masónicas, eran sancionada por los sectores más poderosos de la sociedad, celosos de conservar sus privilegios frente a advenedizos, traidores y conversos que anteponían las ansias de libertad a sus intereses de clase.

 En Asturias, la francmasonería se preocupaba por implementar condiciones higiénicas en las calles y las viviendas obreras; fomentar el laicismo en las casas de beneficencia, que creían no debía ser patrimonio exclusivo de la Iglesia; promover la educación laica y la escolarización de las mujeres, cuyo porcentaje de escolarización en 1878 era tan sólo del 10%. Desde las tribunas y los periódicos, muchas voces se alzaban para denunciar la miseria y promover la igualdad. Una de ellas fue la de Edgardo del Pozo.

En 1884, once años antes de su muerte, Edgardo del Pozo cumplió el ritual de admisión a una logia francmasónica. Atraído tanto por el poder de lo simbólico dentro de las logias como por sus reclamos de equidad y su creencia en un hombre libre y virtuoso, durante sus primeros años en la logia el pintor escribió sendas proclamas contra la esclavitud del trabajo industrial y a favor de una sociedad de iguales. Asiduo a las tertulias y cafés de la época, defendió en sus tribunas el derecho a voto de las mujeres, la educación laica y universal y la construcción de viviendas obreras saneadas y baratas.

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Mientras el capitalismo lanzaba su fétido aliento contaminando los sueños de libertad, Edgardo del Pozo fue una de las tantas figuras de la época que asumió como misión vital el re-encantamiento del mundo. Experto buceador en el mar de formas estéticas que brotaban en las principales ciudades europeas, se decantó en sus inicios por el naturalismo, con el que buscó reflejar las duras condiciones de vida de las familias obreras. Esa fue quizás su época dorada, ya que la burguesía y el gobierno apoyaban con encargos y premios esta corriente estética nacida contra los ideales del romanticismo. Fue entonces cuando Edgardo del Pozo comenzó su relación amorosa con el conde de Goncourt. Juntos disfrutaron de largas estancias en Londres y Paris, donde el pintor se afianzó en la necesidad de imprimir una visión poética a sus lienzos, algo que permitiera vislumbrar la atmósfera a suburbio que impregnaba ya por entonces tantos aspectos de su cotidianidad.

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Dentro de la caja que me dio Hortensia, compañera de la prometida de del Pozo, encontré una carta escrita en inglés con fecha de junio de 1891, con una firma que no he podido revelar, en la que el remitente comenta conversaciones mantenidas con el pintor sobre la necesidad de revelar lo oculto y lo divino a través de la magia y los símbolos.

Edgar Allan Poe

No he podido encontrar ningún indicio de la participación de Edgardo del Pozo en alguna de las numerosas asociaciones ocultistas que florecían tanto el Londres como en Paris, pero el cambio de estilo en los óleos del artista revelan un profundo cambio espiritual a su regreso a España. Cuando vuelve de sus viajes por Europa, del Pozo ha conocido la absenta, la poesía de Baudelaire, la angustia de la modernidad, el terror de Edgar Allan Poe, la deriva como metáfora de la vida.

Al instalarse definitivamente en la mansión familiar de Gijón, Del Pozo abandona la actividad febril que había mantenido dentro la logia antes de su viaje europeo y comienza a llevar a cabo acciones políticas en solitario. En lugar de escribir un discurso contra la especulación inmobiliaria, del Pozo aprovecha sus relaciones con miembros de la aristocracia para comprar terrenos y reservarlos para la construcción de viviendas obreras. En lugar de defender en las tribunas la educación de las mujeres, financia pequeños grupos de alfabetización organizados por Gemma Oldman que se reúnen secretamente en su propia casa, ante el escándalo del vecindario. Ya no escribe para los periódicos locales ni declama en las tertulias de poetas y artistas; se recluye en su mansión, donde recibe un gran volumen de correspondencia que, a juzgar por las pocas cartas que llegaron a mis manos, contesta sin dilaciones. Las pocas cartas que encontré en las cajas que me dio Hortensia, escritas en inglés y francés, llevan por fecha 1892 y 1893.

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Por el relato de Hortensia, sabemos que en 1893 Edgardo del Pozo conoce a Gemma Oldman. A partir de entonces, la correspondencia con el extranjero se interrumpe. Al menos, no ha llegado a mis manos ningún indicio de que del Pozo continuara reforzando los lazos que había mantenido hasta entonces con sus amistades londinenses y parisinas. Sí he encontrado una carta firmada por el conde de Goncourt en 1894, en la que expresa su desencanto con la nueva vida del pintor y le invita a volver a Paris a degustar la fée verte, comme toujours.  La fée verte(el hada verde) era el nombre que recibía la absenta, el destilado de ajenjo con que la burguesía parisina acompañaba el ritual del aperitivo y que simbolizaba el gusto refinado por la autodestrucción. Pero del Pozo no vuelve a viajar a Paris, aunque ese mismo año publica un artículo contra la decadencia espiritual a la que lleva el consumo exacerbado y solitario del alcohol.

Frédéric Christol, 1910

La otra carta del conde de Goncourt que pude leer llevaba por fecha 13 de febrero de 1895, cuatro meses antes de la muerte del pintor. En ella, Goncourt expresa, en un lenguaje lastimero y amenazador, su necesidad de distanciarse del pintor si no cambia su forma de vida. El último párrafo dice:

“el misticismo que ha invadido el centro mismo de tu vida, y que yo no sé diferenciar del fervor religioso, está destruyendo tu capacidad de estar en el mundo de los vivos. Si soy incapaz de recuperarte, de traerte otra vez al mundo de lo que se ve y no de lo que se adivina, no tengo más opción que perderte para siempre.”

* Airès, Philippe y Duby, George. Historia de la vida privada. Taurus, 1987/1991

La historia alrededor de un patio obrero” O.Esteban, El Comercio, 30.09.07

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