la sangre

¿De quién era el charco de sangre sobre el que encontraron la pistola que mató a Edgardo del Pozo? ¿Por qué estaba a cinco metros del cuerpo de la víctima? ¿Qué relación tenía con la botella rota? ¿Cómo se rompió?

Por la conversación que tuve con Hortensia, supe que muchas voces pusieron un vampiro en la habitación del pintor. Aunque estoy profundamente seducida por la figura del vampiro, meter uno en el salón de Edgardo del Pozo me resultaba casi obsceno. Crecí en el siglo veinte, me apago en el veintiuno… los vampiros son en estos tiempos poco más que personajes cinematográficos, deglutidos por adolescentes que buscan en el romanticismo trazas de una pasión arrebatada. Pero en el siglo diecinueve, el mito del vampiro había reconquistado la imaginación popular, de mano de la sífilis y la clorosis. A finales del novecientos, la prensa publicaba casos de vampiros reales. Ahí tenemos a Mercy Brown, joven inglesa muerta de tisis con 19 años en 1892, cuya tumba fue ordenada abrir por su padre ante la duda sobre su muerte real, encontrando su cuerpo en tan buen estado que decidieron arrancar y quemarle el corazón ante el pánico de encontrarse con un vampiro. En 1872 se publicó la novela de vampiros gótica Carmilla, escrita por el irlandés Joseph Sheridan Le Fanu. Se dice que el irlandés se inspiró en la historia y la leyenda de Elizabeth Bathory, una aristócrata que vivió en Transilvania allá por el siglo XVI, y de quien se dice que mato a miles de jóvenes para beber su sangre, motivada no sólo por el despotismo sino también por la creencia de poder conservar así su juventud. En 1897, veinticinco años después de Carmilla, vino Drácula, de la que podríamos decir es la novela más famosa sobre vampiros. Otro irlandés es el autor de esta historia donde la represión sexual del Londres victoriano es contaminada por el conde transilvano, que viaja a Londres a buscar a quien sabe su amada y futura amante, una inocente, frágil y bella joven casada con un agente inmobiliario.

Carmilla, por Pulo

Pero más allá del mito, ¿qué interés había en poner un vampiro en la escena del crimen? ¿o es que se pretendía sugerir que Edgardo del Pozo, motivado por su moral decadente, se suicida, y consecuentemente se transforma en vampiro? ¿era el crimen de Edgardo del Pozo parte de la batalla entre teocracia y liberalismo? Cualquiera de estas causas me parecieron verosímiles.

Dado que no tenía documentos que me ayudaran a dar con la respuesta, busqué indicios en la ficción. Comencé a releer Carmilla. Casi al final de la novela, encontré este párrafo:

“Está en la naturaleza de los vampiros el aumentar y multiplicar su número. Pero, ¿cómo se inicia y se multiplica esta peste? Se lo contaré. Cierta persona, más o menos malvada, pone fin a su vida. Un suicida, bajo ciertas circunstancias, se convierte en un vampiro. Ese espectro visita a gente viva mientras duerme; ellos mueren, y, casi invariablemente, en la tumba se transforman en vampiros.”

Se hace desaparecer a un liberal simulando una superchería antigua y perversa, pretendiendo su conversión en vampiro a partir del suicidio, y se demuestra que el liberalismo está tan lejos de la razón y, por tanto, del progreso, como lo está el saber popular. Se conseguía con este ardid tres objetivos: primero, ocultar la identidad de los asesinos; segundo, proponer el suicidio como causa de la muerte del pintor; tercero, dar una lección moral.
Ahora bien, si estos argumentos no eran más que imaginaciones mías, ¿qué hacía un charco de sangre a cinco metros del cadáver? ¿de quién era y por qué estaba allí?

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