vampiros

“El vampiro es quien contamina los linajes en la noche de bodas, quien bebe y hace infusiones de sangre en un acto paradigmático que consiste en infectar todo lo que se presenta como puro (…). Es la figura del judío acusado del sanguinario crimen de contaminar las fuentes del germen plasma europeo, trayendo la epidemia del cuerpo y la decadencia nacional; es la figura de la prostituta morbosa, o de quien pervierte el género, o de los extranjeros y viajeros de todo tipo que arrojan dudas sobre las certezas de los auto-idénticos y bien-enraizados con derechos naturales y hogares estables. El vampiro es lo cosmopolita, el que habla demasiados idiomas pero no recuerda su lengua nativa…”

Donna Haraway

Aunque el mito del vampiro nació en tiempos remotos, su presencia en el siglo diecinueve vino a contaminar las nuevas costumbres morales, nutriéndose del terror a las transmisiones venéreas, recientemente conocidas gracias a las nuevas teorías sobre la herencia. En el siglo XIX, la sangre cura y mata, determina la herencia y la nobleza, conlleva en sus misterios patologías familiares transmitidas de generación en generación provocando la degeneración de la especie.

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syphilis, Louis Raemaekers (1922)

En aquella época, dos enfermedades conquistaban no sólo los cuerpos sino la imaginación de las gentes: la sífilis y la clorosis. Ambas se alojan en la sangre y son males de románticos y damas en pena, cortesanas y poetas, condes y damiselas. La clorosis es típica de jóvenes aristócratas y burguesas que transitan la pubertad. Como todas las consideradas “enfermedades de mujeres”, se creía que tenía su origen en el despertar del deseo sexual, ya que se iniciaba con la aparición de las reglas, por lo que la única cura era el matrimonio. Durante el transcurso de la enfermedad, las muchachas debían de ser vigiladas en su sufrimiento.

La mujer era entonces un ser frágil, casi una muñeca de porcelana: pálida, lánguida, débil. Eso o una campesina. El irlandés Sheridan Le Fanu la describe con maestría en las páginas de Carmilla, novela de 1872 con la que se inauguran los relatos modernos de vampiros. Con un cóctel de lesbianismo, terror gótico, costumbrismo y moral, Carmilla marcó un hito al encarnar la figura del vampiro en una deliciosa dama de alta alcurnia. La novela narra el momento en que la joven y dulce Laura ve perturbada su aburrida vida en el castillo gracias a la irrupción de la bella y seductora Carmilla, una mujer que encarna todos los peligros de lo que más tarde se conocerá como femme fatale. Desde la llegada de Carmilla al castillo, Laura conoce la fragilidad y la languidez, enamorándose de ese ser etéreo y esquivo que no es más que una malvada reencarnación del pecado. Así describe Laura sus sentimientos en los inicios de esa nueva amistad:

“Había pasado tres semanas desde el comienzo de ese estado inexplicable. Durante la última semana, mis sufrimientos se habían reflejado en mi aspecto. Me había puesto pálida, tenía los ojos dilatados y oscurecidos por debajo, y la languidez que había sentido durante todo ese tiempo empezó a mostrarse en mi semblante.
(…) No me dolía nada, no podía lamentarme de ningún desorden corporal. Mi mal parecía afectar a la imaginación, o a los nervios, y, aún siendo horribles mis sufrimientos, los mantuve en profundo secreto, con una reserva morbosa.”

La palidez anémica ensalzada por el romanticismo aportó el blanco a la paleta de colores del mito del vampiro: blanco en el semblante de las vírgenes, negro en la capa del aristócrata perverso, rojo en el corrompido lecho nupcial.

J. M. Charcot mostrando un caso de histeria

Para paliar los efectos de la anemia se recomendaba la ingesta de sangre. En las ciudades, las señoras acudían a los mercados en busca de sangre de vaca y cerdo con que alimentar sus desgastadas venas. En los diarios de la época, abundan las noticias sobre casos de “vampiros reales”, anécdotas de gentes que chupaban la sangre directamente de su envase original. En Gijón llegó a haber un tal Manuel Palacio, el “Manín de la carne cruda”, que trajinaba las calles espantando críos y destripando gatos, manjares que no se molestaba en cocer.

“Carne Líquida” (1903)

Los estudios sobre la sangre no desmitificaron completamente la causa fisiológica de la anemia, pero contribuyeron a higienizar su cura. A finales de siglo, el desarrollo de la práctica de recuento globular determinó que los médicos recetaran la ingesta de hierro contra la anemia. En la edición del periódico Crónica de Cataluña del 28 de setiembre de 1882, dice un distinguido médico, el doctor Gelabert:

“Administrar sangre á los anémicos equivale, pues, á darles hierro, bajo la forma de una sal que es realmente la más indicada y la más propicia para los fines de la absorción; pero, á decir verdad, habida razón de la aversión natural que inspira la ingestión de la sangre recien extraída del buey, y supuesto el sabor agradable de gran número de preparados de hierro que hoy día posea la terapéutica, yo optaría por estos últimos, sin renunciar por esto, en casos confirmados de aglobulia, al empleo de la sangre de buey, bien que en forma de carnes, y sobre todo, de su jugo y de su extracto, que creo de grandísima utilidad. Esta es mi opinión respecto de las tan decantadas curas de sangre.”

 

Hubo que esperar hasta principios del siglo veinte para que las píldoras Pink vinieran a “deshacer la enfermedad como el viento deshace las nubes” e higienizar la costumbre de beber sangre. Y hasta los años 30 para que la clorosis fuera definida por la medicina como “falsa enfermedad”.

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