Biathanatos *

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[Noise: elpueblodechina.org. Voces: Margarita Simone (Amaia Salazar) y citas (Hugo Baizán Fernández)]

Id, pues, vagabundos, sin tregua,
errad, funestos y malditos
a lo largo de los abismos y las playas
bajo el ojo cerrado de los paraísos.

Y nosotros que la derrota nos ha hecho, ay, sobrevivir,
los pies magullados, los ojos turbios, la cabeza pesada,
sangrantes, flojos, deshonrados, cansados,
vamos penosamente, ahogando un lamento sordo.
Verlaine

Es sabido que, por cuidar las formas o quizás sólo para seguir un protocolo de actuación, quien se suicida tiene la obligación de dejar una nota. La hipótesis de que Edgardo del Pozo se suicidó fue desestimada en su momento por diferentes motivos. Principalmente, porque se tendía a silenciar los casos de suicidio, tanto por la prensa como por el entorno familiar. Oíd sino esta editorial del periódico La Vanguardia firmada por un tal Doctor Euforia, publicada el 11 de setiembre de 1895:

“(…) creemos que el suicidio á veces es un acto de loco, casi siempre un acto de enfermo y por rarísima excepción un acto de cuerdo. (…) En efecto, un hombre muy hombre, cuyas pasiones no tienen contentivo en la Fe; cansado de todo; repugnando la sociedad en que vive; un hombre así, heterotópico, fuera de lugar, es un enfermo de cobardía aguda y … de las manos de la desesperación pasa a las del suicidio.
En conclusión: el suicida sino es un loco es un débil (orgánica y mentalmente) y si no es un débil es un cobarde que ante la lucha por la existencia se arredra y se elimina voluntariamente de ella. La fórmula psicológica del suicida sería: la afeminación del sentido moral y la impotencia para coordinar la sensibilidad de modo debido.”

El fin de siglo había heredado del romanticismo una nostalgia que estalló en insatisfacción del mundo, lo que Baudelaire llamaba spleen. Todo cambiaba: la noción del tiempo, del trabajo, de la vida, de la enfermedad, de la muerte…
A finales del siglo diecinueve, la existencia se transformó en un tenebroso callejón sin salida. La convivencia con las masas obreras aterrorizaba a las clases pudientes. La decrepitud de las razas europeas era un secreto a voces que invadía los salones y contaminaba las conversaciones entre comadres. El temor a lo salvaje convivía con la fascinación por lo exótico. Pero mientras que lo salvaje adoptaba el color del hambre, lo exótico olía a incienso hindú y orgía romana. Vírgenes entregadas a los leones ocupan la imaginación de poetas e historiadores, princesas de rutilantes brazaletes bailaban al son del decadente ritmo europeo. Mientras la poesía y la literatura admiraban con nostalgia antiguas civilizaciones desmoronadas por su propia decadencia; la medicina y la biología se debatían entre las leyes deterministas de la herencia y las novedosas teorías del contagio, que promovían el aislamiento en pequeños paraísos privados perfectamente higienizados.

En el camino, muchas almas se perdían entre tanto follaje. El suicidio sufrió un alza en aquellos tiempos y era una variable a comentar en la recién estrenada estadística. Dicen Ariès y Duby en Historia de la vida privada:

“El exceso del sufrimiento individual, masculino o femenino, puede desembocar en la decisión de la autodestrucción; un ademán privado que es también un grito, una llamada desesperada contra el fracaso de la comunicación. En toda Europa, el suicidio aumenta en el curso del siglo XIX. Pero también cabe la posibilidad de que este ascenso sea el resultado, totalmente o en parte, de un afinamiento de los procedimientos de registro puestos en marcae a partir de 1826. Sea de ello lo que sea, el suicida resulta fascinante: de Guerry y Quételet a Durkheim pasando por Falret y Brierre de Boismont, médicos alienistas y sociólogos de renombre se esfuerzan en disecar el fenómeno. La visita al depósito de cadáveres, suscitada por el deseo de saciarse con el espectáculo de los cuerpos yertos sobre las mesas de mármol, entra a formar parte del ritual dominical de las familias parisienses.”

La prensa de la época resolvió que Edgardo del Pozo no podía haberse suicidado, ya que no se encontró ninguna carta de despedida. En el salón donde se halló el cadáver, sólo había, sobre el escritorio, un papel con una cita de Oscar Wilde**, y junto a la ventana, un óleo de estilo simbólico. No había ningún otro cuadro expuesto en casa de del Pozo, todos habían sido meticulosamente embalados y guardados en una habitación cerrada con llave. Nadie pensó que la nota suicida pudiera ser el cuadro.
En un momento de la investigación, creí poder afirmar con certeza que Edgardo del Pozo había planificado meticulosamente su muerte, tanto como para representar gráficamente su voluntad de huir del jardín encantado de la perfección, ante el pavor de haberse transformado en la serpiente expulsada a la confusión del bosque. Pero no me atreví a pensar que expresar la voluntad de morir sea una antesala al suicidio.

***

DONNE, John. "Biathanatos. A Declaration of that Paradoxe, or Thesis, that Self-homicide is not so Naturally Sinn, that it may never be otherwise"

Biathanatos, John Donne. Prólogo de Thomas de Quincey. Tratado compuesto a principios del siglo XVII publicado en 1644 donde su autor distingue entre homicidio de sí y asesinato de sí. Entonces, la palabra “suicidio” no existía; dicen que fue creada por Thomas Browne en Religio Medici  (“Religión de un médico”, 1642) a partir de la unión de sui  (uno mismo) y caedere (matar). Jorge Luis Borges comenta el Biathanatos en el relato “El Biathanatos“, Otras inquisiciones.

** “No crime is vulgar, but all vulgarity is crime. Vulgarity is the conduct of others”. Oscar Wilde (Ningún crimen es vulgar, pero toda vulgaridad es un crimen. Vulgaridad es la conducta de los demás)

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